El momento

20 01 2010

Eduardo Gómez / Profesor de Geografía e Historia

The year’s at the spring

And day’s at the morn;

Morning’s at seven;

The hill-side’s dew-pearled;

The lark’s on the wing;

The snail’s on the thorn;

God’s in his heaven-

                                                   All’s right with the world!

Robert Browning

              Hace ya algún tiempo cayó en mis manos este texto del poeta inglés del siglo XIX Robert Browning. Yo entonces lo entendí como una máxima de las que sirven para estimularnos, orientarnos, animarnos en nuestra vida; como una defensa y un elogio al madrugar. Hoy la interpreto en relación a esos momentos en que nos sentimos a gusto con nosotros mismos, nos sentimos en paz, sentimos que todo lo que nos rodea está en su sitio, hay un equilibrio, una armonía que nos induce a sonreír, a agradecer, a sentir…

            Y es que este poema, como todos, tiene su porqué. Si indagamos, si consideramos despacio lo que en él se dice, apreciaremos mejor lo que nos quiere transmitir. No valen las prisas para analizar ningún “destello” y, mucho menos, la poesía.

            “El año en la primavera”. No en otro momento, no en otra estación, no. Precisamente en la primavera, la estación en la que la vida rompe, en la que la naturaleza reverbera, en la que todo está a punto de eclosionar, en la que no hay nada hecho, acabado, concluido, en la que todo empieza; estación en la que lo potencial prevalece sobre lo actual. Estación que marca el principio, el retorno. Momento en el que las esencias se revelan, la energía estalla, la esperanza manda… El mundo es verde.

            “El día en la mañana, la mañana a las siete”. No podía ser de otro modo. Al alba, temprano, cuando el sol despunta en el horizonte se abre ante nosotros un nuevo día, un nuevo tiempo que hay que rellenar, un espacio que hay que ocupar. Y de nuevo está ante nosotros, y de nuevo somos nosotros quienes tendremos la última palabra respecto qué hacer, qué decisiones tomar, qué camino elegir para que ese día tenga un balance positivo en su ocaso, para que la luz no se apague aunque venga la noche, para que ese día contribuya a darle sentido a nuestra vida, para no caer en la rutina ni en el abatimiento.

            “Cuando las colinas aparecen cubiertas de rocío”. Rocío que es capaz de alterar el color natural de la vegetación, que lo transforma, lo blanquea, lo hace brillar. Pero también lo alimenta, le aporta ese elemento esencial que es el agua para que la planta se mantenga verde, un agua bien saboreada que va penetrando poco a poco, en su justa medida. Cuando el frío cede paso al calor, la oscuridad a la luz…

            “La alondra acurrucada”. No es cualquier ave, es una alondra, un ave que se caracteriza por su bello canto, por romper el silencio de la naturaleza, por introducir la música en el amanecer. En este momento, en nuestro momento, aparece callada, inmóvil, expectante. No es, pero puede ser. Ahí está su belleza.

            “El caracol en la rama”. ¡Un caracol! Animal insignificante entre los de su reino. Animal que camina con su casa a cuestas, animal autónomo e independiente donde los haya. Canto a la libertad de quien apenas está sujeto a nada, salvo a sus propios miedos, a sus propios proyectos, a sus propios anhelos. Pero también una llamada de atención: esa autonomía natural puede conducirnos a la soledad. Por eso el caracol camina, observa, se relaciona. Huye de ese estigma que la naturaleza le ha dado, porque en soledad nada tiene sentido…

            “Dios en el cielo”. Todos llevamos dentro de nosotros un ideal de sobrenaturalidad, todos reconocemos un espacio al que no podemos acceder, que no podemos explicar, pero que sabemos que está ahí. Un espacio que se rige por otras normas, que trasciende a nosotros, que nos hace especiales, nos eleva, nos dignifica. El mundo de las creencias es necesario, es natural, es humano. Albergamos en nuestras conciencias ideales, esperanzas, ilusiones… A ese mundo lo llamamos cielo, a su “hacedor”, que lo es también nuestro, lo llamamos Dios.

            “Todo aparece en orden en el mundo”. Éste es el momento, el instante en que encontramos todo en equilibrio, el momento que nos gustaría prolongar, nuestro momento, cuando nos sentimos felices, bien con nosotros mismos; cuando nos sentimos dueños del futuro, responsables de nuestras acciones, capaces de afrontar el nuevo día, valientes, esperanzados…

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4 responses

21 01 2010
Gema Rodríguez

Qué bonito!! nunca había visto ese poema pero mira, uno más que sé y uno más que me hace pensar en las cosas bonitas que tiene la vida. Ese es el ideal, vivir como si fuera el primero y no dejar que nada nos apague, aunque yo misma reconozco que soy la primera que me afectan bastantes cosas y esas cosas te rompen la calma, pero todo pasa y siempre se llega “a la mañana a las siete”. No importa cuánto tengas que pasar porque al final siempre oyes a “la alondra”. Gracias otra vez por darnos energías y hacer que pensemos en positivo, Edu.

21 01 2010
Raquel Pelayo

Yo tampoco conocía este poema, ni a su autor (ahora no solo lo conozco a él, sino también a su esposa, la poetisa Elizabeth Barret, de la cual acabo de leer unos cuantos poemas muy recomendables).
Fiel a mi costumbre, respondo a este “destello” con los versos que me ha evocado su lectura. El mundo en orden, un instante en equilibrio, la plenitud de la mañana, la naturaleza en su esplendor, el canto de un pájaro… Me viene a la cabeza de inmediato el poeta del 27 Jorge Guillén y, sobre todo, su obra “Cántico”, a la que pertenecen poemas como éste, titulado “Las doce en el reloj”:

Dije: ¡Todo ya pleno!
Un álamo vibró.
Las hojas plateadas
sonaron con amor.
Los verdes eran grises,
el amor era sol.
Entonces, mediodía,
un pájaro sumió
su cantar en el viento
con tal adoración
que se sintió cantada
bajo el viento la flor
crecida entre las mieses,
más altas. Era yo,
centro en aquel instante
de tanto alrededor,
quien lo veía todo
completo para un dios.
Dije: Todo, completo.
¡Las doce en el reloj!

Una diferencia curiosa: Guillén identifica la plenitud del día con las doce, con el mediodía, y no con el amanecer, como Browning. ¿Será porque los españoles somos menos madrugadores que los ingleses? 😉

22 01 2010
Pilar

Raquel, yo creo que sí, que “las doce” sí que da plenitud, el mediodía, el sol, (que haga sol, porfi), salud, buen humor y buenos alimentos. (Claro que también pueden dar las doce de la noche lloviendo a mares, jajá.)
Gracias, Eduardo.

24 01 2010
Emilio

El poema realmente hace honor al título de tu sección, un destello. Es agradable detenerse a leer de vez en cuando cosas así, sobre todo cuando hoy la tierra se agita y se retuerce…
Un saludo, Sir Edward

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