La indiferencia

27 01 2010

Eduardo Gómez / Profesor de Geografía e Historia

“Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.

Martin Niemoeller

Tal día como hoy del año 1945 era liberado por el ejército soviético el campo de concentración de Auschwitz, lugar perfectamente descrito en esta revista en el artículo escrito por Jaime Cuesta en relación a la visita que, en el marco del Proyecto Comenius, hicieron los participantes de nuestro centro al mismo. Claro ejemplo de adónde puede llegar el ser humano cuando destierra de su vida los valores éticos y morales imprescindibles para la convivencia y la supervivencia. Etapa histórica, real, no ficticia, acontecimientos ciertos ocurridos hace menos de un siglo que no conviene olvidar para no repetir.

Relacionado con esa época es el “destello” que hoy expongo y que ha sido habitualmente adjudicado al poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht, aunque en realidad corresponde al pastor protestante Martin Niemoeller, persona que fue recluida en los campos de concentración nazis de Sachsenhausen y Dachau.

A esa atrocidad se llegó por lo que Niemoeller denuncia con estas palabras: por la indiferencia, por la omisión, por la tolerancia mal entendida. Y de eso quiero hoy hablar: de la indiferencia estrechamente vinculada al egoísmo; del silencio cómplice ante las injusticias; de la pasividad…

Con demasiada frecuencia estrechamos nuestro mundo, lo limitamos, lo empequeñecemos; nos desentendemos de los problemas de los demás, los consideramos ajenos mientras no nos afecten directamente; nos creemos autosuficientes y autónomos, sin necesidad del otro, de los otros. No somos conscientes de que, si algo es el ser humano, es un ser social – “animal social” decía Aristóteles-, de que una vida cerrada a los demás es una vida que no merece la pena, una flor sin color, un río sin agua, una estrella sin luz… Los demás, los otros forman parte de nuestra vida, nos permiten crecer, desarrollar nuestras habilidades, conocernos a nosotros mismos. Por ello es importante involucrarnos en los problemas que les puedan afectar, intentar ayudarles, denunciar las injusticias, hacerle frente al mal. No es necesario llegar a una situación tan despiadada como la vivida en la Alemania nazi para reaccionar. Hay injusticias consideradas menores que vemos a nuestro alrededor, que existen, que están ahí, que les afectan a otros. Y a ellas hay que hacerles frente para vencerlas. No se debe tolerar el mal en ninguno de sus grados, hay que plantarle cara seguros de que le venceremos.

Cuando blindamos nuestro mundo al exterior, ¿qué nos pasa?. Lo expresa muy bien el autor de esta cita: cuando vinieron a por mí ya no había nadie que dijera nada. Y es que la consecuencia directa de la indiferencia es la soledad. Poco a poco van desapareciendo de nuestro lado los amigos, que hoy lo son y mañana ya no, por discrepancias, por enfados, por distancia, porque les hemos fallado cuando más lo necesitaban y se sintieron traicionados… Y a veces recordamos, echamos la vista atrás y los vemos, pero el orgullo nos impide dar el paso de preguntar, de hablar, de comunicarnos con ellos. Y ese recuerdo se acaba y, entonces, ante nosotros, aparece el vacío…, la nada…

Sin darnos cuenta van desapareciendo también de nuestro alrededor aquellas personas con las que nos hemos relacionado en algún momento. Y, a veces, recordamos y nos damos cuenta de lo egoístas que hemos sido, de lo ingratos. Porque la indiferencia también trae como consecuencia la ingratitud. Personas que estuvieron ahí, dispuestas a darnos su apoyo cuando lo necesitamos, personas de las que aprendimos, personas con las que hablamos, que formaron parte de nuestro mundo, personas de las que ni siquiera nos despedimos cuando tocó hacerlo, a las que nunca dimos las gracias y bien que se las merecían…

Vanidad…, orgullo…, egoísmo…

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27 01 2010
Raquel Pelayo

Un destello que nos recuerda lo terriblemente egoístas que somos, y las consecuencias, también terribles, que pueden derivarse de ese egoísmo tan consustancial al ser humano. Esta cita de Niemoeller tiene apenas sesenta y cinco años, pero más de dos mil años tienen estas palabras de Terencio: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto” (“Hombre soy; nada de lo humano me es ajeno”). Y, sin embargo, aún nos cuesta tomar conciencia de ello: somos seres humanos y, por encima de las diferencias de sexo, raza, país, ideología o creencia, se impone nuestra condición de personas. “Por muy alto que sea el valor de un hombre, no hay valor más alto que el de ser hombre”, dijo Machado. Por eso precisamente no podemos ni debemos permanecer indiferentes ante lo que sufren, sienten y padecen otros seres humanos, por muy distintos a nosotros que nos parezcan, por muy lejos que creamos que están. Porque el silencio, la inacción, la indiferencia de la que nos habla Eduardo en este texto, nos hacen, como seres humanos que somos, cómplices de ese sufrimiento. Porque lo que ocurre en Afganistán, en Irak o en Haití también nos ocurre a nosotros. Y porque el día que nos toque más de cerca y nos afecte de verdad, ese día, como dice Niemoeller, tal vez ya no haya nadie dispuesto a tendernos una mano.

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